He imaginado que sabía dibujar. Y te dibujé a ti. Tus lunares, tu nariz, tus manos y sus uñas. El pelo que tanto odiabas, las piernas que me hacían temblar. Tu boca. Y por último fui a dejar en ese papel tu mirada. Aquellos ojos que me atrapaban sin darse cuenta de la fuerza que poseían. Y dejé de dibujar.
Te tuve delante en un mísero papel y fui capaz de enamorarme. Como el que se enamora la primera vez al verte.
Que la fuerza no es un papel, un lápiz o los rotuladores que te hacían perfeccionar. Esa fuerza era irremediablemente tuya. Y lo sabías. Y jugabas con ella. Y me atrapabas. Tenías aquel don que no era capaz de dibujar. El caso es que coger un papel y ponerme a garabatear sobre él era la única manera de darle forma al deseo que tanto ansiaba cumplir. El tenerte sobre mi almohada una vez más un minuto más. Igual te quedas en ese papel para siempre. Imagino que nunca llegas a borrarte y sigo teniendo la oportunidad de abrir los ojos y enredarme de nuevo en tu pelo. Igual no es para siempre. Quizás es sólo por ahora. Incluso eso era suficiente.
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